jueves, 31 de julio de 2008

Humillación y venganza


El chiquillo se puso las únicas zapatillas puma que tenía (su mamá se las había comprado por navidad como premio a sus buenas notas en el colegio), cogió su skate y salió disparado hacia sus clases de tae-kwon-do.

UNO
Una vez en la calle, montó su destartalada madera con ruedas y patinó como un loco las diez cuadras que separaban su casa de la academia, ubicada en la zona más pituca de la ciudad, y cuando al fin llegó sudoroso, observó como los demás chiquillos de su clase bajaban relajados de los finos autos de sus padres, la mayoría de ellos provenían de familias adineradas, vivían en barrios residenciales bonitos y estudiaban en colegios exclusivos.

Los primeros quince minutos eran de calentamiento, los segundos quince minutos eran para ensayar los nuevos golpes, y la última media hora era para practicar en parejas todo lo que se había aprendido hasta el momento. Debido a ello a mí siempre me tocaba practicar con un muchacho rubio de mi misma edad cuyo nombre era Dulio.

Dulio tenía una hermana gemela que también estaba en nuestra clase, una niña pecosa y ligeramente obesa, a quien Dulio botaba cada vez que se acercaba al lugar donde estábamos nosotros, la protegía mucho.

Nos hicimos muy amigos con Dulio, nos gustaban las mismas bandas de rock y a los dos nos fascinaba andar todo el día en Skate (él tenía un “Vision” nuevecito con lija transparente y yo un viejo (pero guerrero) “Santa Cruz” de lija negra).

Un día en los casilleros, mientras nos cambiábamos la ropa para irnos a nuestras casas Dulio me dijo:

- ¿Qué te parece si cambiamos de tabas?
- ¿En serio? –Dije un poco incrédulo, primero porque nunca antes nadie me había propuesto tal cosa, y segundo porque las zapatillas que tenia puestas Dulio eran unas Converse (caña alta, blancas con azul) que eran las que mas me gustaban del montón de zapatillas que él tenía-
- Claro pues, es en serio, habla, ¿quieres o no?...
- ¡Ya pues! –Contesté, sin poder ocultar mi alegría-

Aquella noche antes de acostarme, saqué los pasadores de las zapatillas y los lavé con esmero, luego limpié el cuero con una gasa mojada en agua y jabón. Al día siguiente por la mañana sonriente me dirigí al colegio, pensando en lo que dirían mis compañeros de clase cuando me vieran llegar al colegio luciendo esas zapatillas importadas tan bonitas.

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Cuatro días después atravesé la puerta del Dojo buscando a Dulio con la mirada, estaba un poco preocupado porque mi mamá se había enojado cuando se dio cuenta que había cambiado mis zapatillas con las de otro chiquillo. Cuando al fin lo ubiqué (estaba sentado en una esquina conversando con un chiquillo nuevo, que se llamaba Franco y que estudiaba en el mismo colegio que él) le pregunté por mis zapatillas y me dijo que las había dejado en el casillero, así que iba a tener que esperar el fin de la clase para realizar el cambio. La verdad, durante esos días yo había extrañado mucho a mis fieles “puma”, así que fuera de los reclamos de mi madre, yo también las quería recuperar con prontitud.

Al finalizar la clase y ya en el vestuario, saqué de mi mochila las zapatillas de Dulio y se las entregué (por consideración, antes de salir de mi casa las había limpiado un poco), él ni siquiera las miró, seguía conversando entusiasmadamente con Franco de un juego de video que yo nunca había jugado en mi vida. Casi sin mirarme sacó mis zapatillas de su mochila y me las devolvió, cuando quise ponérmelas noté que la zapatilla derecha tenía un raspón horrible en la parte frontal y otro aun peor en la parte lateral, era evidente que Dulio había usado mis zapatillas (las únicas bonitas que tenía, aquellas que con tanto sacrificio mi madre compró) para montar Skate… “¿Qué pasa chochera?”, me dijo Dulio al verme callado, “Nada, no pasa nada…”…

Regresé a mi casa caminando, no tuve ganas de subirme al Skate. Me fui pensando en como haría para disimular los raspones en las zapatillas, y también en lo que nos había dicho el profesor antes de despedirnos: “La próxima semana es el examen para cambiar de cinturón, así que si quieren decirle a sus padres que vengan, por favor les avisan…”.

--- o ---

Cuando llegó el día del examen nadie vino a verme, mi mamá no pudo venir porque (por mas que rogó) no consiguió que le dieran permiso en el trabajo, mis hermanos no podían porque iban al colegio en el turno tarde, y mi papá cuando le dije que era mi examen de “cambio de cinturón” bajó la mirada, me miró con cara de extrañeza y me dijo “¿Qué?”, a continuación sin hacerme ningún caso me dio un billete sucio y me mandó a comprar dos botellas de cerveza a la tienda de la esquina.

Estaba sentado en una banca, viendo como llegaban los papás y mamás de mis compañeros de clase, el papá que más curiosidad me despertó fue un señor colorado y enorme, que lucia un terno impecable y que ingresó al Dojo mirando a todos con cara de malo, “Ese es mi papá” me dijo Dulio al oído.

Previas palabras del profesor, las parejas fueron saliendo en orden, una por una, al centro del Dojo, el examen era sencillo, tan solo era demostrar todo lo aprendido en una pelea de exhibición con la pareja, a mi obviamente me tocaba luchar contra Dulio, no había problema, lo habíamos hecho un montón de veces.

Cuando nos tocó nuestro turno el profesor dijo nuestros nombres y nos llamó al centro del Dojo, desde mi lugar pude ver al papá de Dulio sacándose un conejo del cuello, al parecer estaba un poco nervioso, no entiendo porqué. Pero lo que más sorpresa me causó fue ver la cara de Dulio, estaba muy extraño, me miraba con cólera desde su sitio, el tronco erguido, las piernas firmes ligeramente separadas, los puños muy tensos, nunca lo había visto así.

Cuando el profesor dio la orden de comenzar Dulio se me vino encima. Olvidándose por completo que se trataba de una pelea de exhibición comenzó a patearme y a golpearme de verdad, me había agarrado frío y yo solamente atiné a cubrirme, aun así logró colocarme un par de patadas en las costillas y uno que otro golpe en el rostro. Desconcertado comencé a retroceder para evitar la andanada de golpes que Dulio me propinaba, y fue así que por retroceder sin mirar, tropecé con la pierna de unos de los otros chiquillos y me caí.

Nunca podré olvidar la carcajada general que recorrió todo el Dojo, el rostro consternado de algunas madres, la sonrisa orgullosa del padre de Dulio mirando a su hijo, la cobarde mirada complaciente del profesor…… pero el recuerdo que mas claro tengo en la mente… es el inmenso dolor que sentí por dentro cuando vi la cara de burla con la que me miraba Dulio…

DOS
A la semana siguiente asistí a la última clase de tae-kwon-do de mi vida. Le había dicho a mi mamá que no me gustaba y que mejor invirtiera el dinero en otra cosa, mi mamá me miró a los ojos sin creerme del todo pero respetó mi decisión, no me preguntó nada más.

Estaba sentado en la banca solo, esperando mi turno para las prácticas en pareja, cuando de pronto sucedió lo esperado. Ana, la hermana de Dulio nunca tenía con quien practicar (no había en la clase ninguna niña de su edad), por lo que siempre el profesor animaba a cualquiera de nosotros a practicar voluntariamente con ella. Aquella noche no tuvo que obligar a nadie, yo mismo me ofrecí y caminé hacia el centro del Dojo, ante las risas de todos los compañeros y la mirada atenta de Dulio.

Cuando el profesor dio la señal empezó todo… utilizando el robusto cuerpo de la hermana de mi mejor amigo, hice gala de mis mejores patadas, las hice en giro (que eran las que mejor me salían), las hice con salto, y las hice doble en el aire, todas sin excepción dejaban huella en la pobre Ana, quien solo atinaba a cubrirse y a retroceder, era una magistral exhibición de mis mejores golpes, de todo lo bueno (y lo malo) que había aprendido en ese Dojo, aquello que nadie me dejó demostrar el día de la ceremonia de cambio de cinturón. Como era obvio que algo raro pasaba conmigo, el profesor intentó detener la pelea varias veces pero yo no le hice caso, lo único que quería en ese momento era hacer realidad aquello que había pensado durante todo ese horrible fin de semana y lo logré con creces: Ana tropezó y cayó al piso.

Desde su lugar Dulio miraba la escena horrorizado, y no tuvo que esperar a que el profesor lo convocara al centro (que era lo que yo había previsto que haría), para pararse y embestirme como un toro rojo, tal cual lo había hecho la ultima vez, solo que ahora, yo ya lo estaba esperando…

Lo recibí con un puñete directo al rostro para frenarlo en seco, luego hice lo mismo que hacía cada vez que me peleaba en mi barrio o en el colegio, una vez atontado por el golpe, lo tomé de ambas piernas y lo alcé en peso, Dulio cayó aparatosamente al suelo de cabeza y cuando lo tuve a mi alcance lo pateé en la cara tres veces… El profesor (esta vez si) reaccionó ágilmente para cogerme fuertemente de los hombros, tuvo que hacer un gran esfuerzo para inmovilizarme porque yo estaba fuera de mi, Dulio seguía en el piso y no reaccionaba, el profesor comenzó a arrastrarme hacia fuera del Dojo, yo me resistía con todas mis fuerzas (… porque faltaba algo…), y luego de algunos segundos, cuando pensé que ya no sucedería, Dulio alzó el rostro al fin…........... Y entonces pude mirarlo… con toda la furia que encerraba mi corazón lacerado…...

FIN

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Mira tú lo que me estaba perdiendo por no pasar por aquí hace días. Que odioso el tal "Dulio", jaja. Impecable como siempre, me gustó el final, en la última frase queda todo lo que siente ese chiquillo de las zapatillas puma ;)
Como duele cuando nos traiciona un amigo, creo que es una de las peores cosas, no?
Kalya

Cafeinómana dijo...

Primera vez que leo este post... imaginé perfectamente tu rostro al final del relato.